Sobre la ausencia (de reflexión y de ética)

Escrito por Francisco Miranda

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Sobre la ausencia (Una conversación clandestina. Un relato censurado). Carlos Droguett, Lanzallamas Libros, 2009. Edición y prólogo por Roberto Contreras.

Después de treinta años, en Chile, este libro fue publicado por Lanzallamas, en marzo de 2009. La obra está compuesta de tres partes. Primero, un prólogo de Roberto Contreras (“Todos los crímenes son políticos”) en el que presenta a los dos protagonistas de esta historia (real) y expone el contexto de las otras dos partes: “Los libros son armas que explotan”, una conversación clandestina entre Ignacio Ossa y Carlos Droguett, grabada el 5 de julio de 1975 (la segunda) y “Sobre la ausencia”, un relato censurado (la tercera).

El relato censurado

“Lo escaso e inalcanzable es el cielo, lo escaso y fenomenal es el infierno, pero lo abundante y asqueante es, sin duda, el purgatorio”. (Carlos Dorguett)

Sobre la ausencia es un relato escrito por Carlos Droguett y publicado inicialmente en 1976, en dos partes, en la revista “Papeles de Son Armadans”, en Palma de Mallorca, España. Al año siguiente sería publicada una segunda edición por Casa de las Américas. El escrito fue dedicado a la memoria de Ignacio Ossa.

Sobre la ausencia no es un réquiem (misa de difuntos), sino un tedeum pestilente, ficticio, una misa putrefacta, un rito de acción de gracias a dios por algún beneficio recibido y por los favores concedidos a la “gloriosa Junta Militar de gorilas de Chile”. El texto se inicia con la descripción de una escena, luego hace un retrato hablado de una fotografía y, finalmente, intenta reconstruir los eventos que pusieron término abrupto a la ceremonia, a partir de informes de prensa o testimonios difusos de testigos espantados.

La primera escena dibuja el boceto de cinco personajes: tres generales y un almirante solicitando al cardenal arzobispo la realización de un tedeum en la catedral. La respuesta del prelado es contundente: “la catedral permanecerá cerrada, no la abriremos, no tenemos nada que celebrar”. Solo uno de los generales habla: “¿Y la Escuela Militar, en la escuela, eminencia?”. La respuesta del cardenal, hastiado, es absoluta: “No, no creo, la iglesia no es un regimiento, general”. Las botas del carabinero estaban un poco hacia la retaguardia, como guardaespaldas. Los otros uniformados hedían: “el péndulo parecía meterse como un cuchillo implacable entre el hedor a miedo de Pinochet, el hedor a vino de Merino y el hedor a orines de Leight”. Finalmente, el religioso sitúa la ceremonia nefasta: “La iglesia de la Gratitud Nacional es un hermoso templo, todo un símbolo, su construcción está muy unida a la historia de Chile, y a su ejército, ustedes saben mejor que yo que fue erigido en acción de gracias luego de terminada la Guerra del Pacífico…”.

En seguida, a partir de una foto, “ciertamente histórica”, que muestra el templo lleno de funcionarios públicos y de militares en sus trajes de guerra, el narrador se concentra en la descripción de los personajes que aparecen en el primer plano: tres ex presidentes de la república: Gabriel González, Jorge Alessandri y Eduardo Frei. “Los tres habían sido intencionalmente invitados, los tres tenían sobrados motivos para dar gracias al Altísimo…”.

Cada uno de los “invitados” tiene el tiempo suficiente para hacer memoria y recordar los hechos que les hacen dignos de estar en este solemne evento.

A Gabriel González, “la conocida ceremonia le traerá a su alma agriada, ajada, vacua, sin ilusiones, sin pesares, sin arrepentimientos, imperecederos pensamientos”: él había sido el precursor del golpe militar al enseñar el camino del campo de concentración de Pisagua.

Jorge Alessandri “se sentía plácido y justificado, sabía que merecía el asiento que ocupaba en la iglesia para escuchar la simbólica ceremonia”. Sus méritos, aparte de ser un empresario, tenían que ver con “una inesperada matanza de gente humilde en la población José María Caro”, en vísperas de la navidad de 1962.

Eduardo Frei, un tanto molesto porque “no solo no le entregaron la silla presidencial, en la cual él había pensado sentarse, de lado en un comienzo, sino que le quitaron la silla de la presidencia del senado”, tiene el tiempo para hacer vivos los recuerdos de dos matanzas ocurridas bajo su mandato: la primer, en marzo del 68 y que tuvo por víctimas a los obreros del mineral de cobre de El Salvador, en el norte, y la otra, un año después, en marzo del 69, y que afectó a los pobladores sin casa en Pampa Irigoin, en Puerto Montt, en el sur.

Tras estos nefastos recuerdos, evocados mientras transcurre el tedeum, fue que la ceremonia llegó a su término, “fue entonces que violentamente vino la interrupción, la más inesperada, la menos pensada, la más increíble…”. El instante exacto del abrupto final sucede en el momento de la comunión, cuando el capellán se apresta a dar las hostias a unas “bocas que olían a podrido, a sangre, a orines, a pánico, a dudas, a dudas, a dudas”.

El tercer momento del relato corresponde al intento por reconstruir los acontecimientos que pusieron fin a la ceremonia de acción gracias. El hecho es contundente, nefasto, pestilente y purulento. Es como la explosión de una herida pútrida, el furúnculo de un cuerpo descompuesto, el estallido de toda la putrefacción. Las fuentes para reconstruir el evento son los medios de comunicación, que solo entregan escuetas informaciones y veladas imágenes, “circunstancias medianamente difundidas por la prensa, la radio y la televisión”.

Este es el origen de la erupción, la génesis de la viscosidad de un río maloliente que inundó nuestra sociedad y que está plasmada como tinta indeleble en la actual carta magna de la república, en el espíritu y la letra de las leyes del mercado, en la pauta informativa de los locutores, en el guión televisivo de los reality shows y que los ciudadanos domesticados se encargan de marcar en sus votos cada vez que eligen perpetuar el estado actual de las cosas.

La conversación clandestina

“En el mundo no hay revoluciones porque el hombre sueña, sino porque el hombre sufre”. (Carlos Droguett)

La grabación hecha en 1975 registra una entrevista o una conversación en la que podemos rastrear lo primordial y básico del proyecto ideo-estético de Carlos Droguett. El diálogo nos muestra a un pensador mordaz e inteligente, conocedor de su oficio, pero por sobre todo un hombre con una claridad y contundencia asombrosa para la actualidad, tan llena de “opinólogos” y “locutores” de toda laya.

La tesis central de Droguett puede identificarse en la siguiente afirmación: “Siempre he pensado que el ser escritor, en mi caso, y el ser hombre, son cosas que no son separables en este mundo”. A partir de esta identificación ontológica entre el oficio y el ser humano, formula su visión de la literatura o la escritura: “Yo siempre he pensado que toda novela es realista, que solo existe la literatura realista. Es decir, la literatura extraída de la vida, la literatura que es expresión de la vida y que no es fuga de la vida; que no es una tergiversación de la felicidad, de la desgracia, la alegría, de la aventura, de la desventura”.

A partir de esta manifestación del punto de vista, de la perspectiva, Droguett da cuenta de su conocimiento de la realidad de América, “una sola tierra, un mismo sufrimiento, una misma esperanza, una misma desesperanza, una misma cárcel y una misma libertad” y de los escritores que, a su modo de ver, dan cumplimiento al programa del hombre-escritor. Por lo general, se refiere a autores no muy difundidos, cómo no, de Nicaragua, México, Perú, Ecuador. Habla, entre otros, de los poetas César Vallejo y Ernesto Cardenal.

También hace una reflexión en torno a la revolución, en el sentido social de la palabra, rescatando las figuras del Che Guevara y Miguel Enríquez y la necesaria formación del hombre nuevo para no traicionar el sentido de ese proyecto emancipador.

Luego se refiere a la novelística que pone en el centro de su atención la realidad social de los pueblos de nuestra tierra: “El escritor que no escribe por la justicia, es un despojador de los débiles, un ladrón”. A pesar de que no pretende hacer un cursillo de la trayectoria novelística americana, rescata a algunos autores que, desde su perspectiva, serían portadores de una propuesta que pone al centro de su escritura a los débiles: Victoriano Salado Álvarez, en México; Manuel Escorza y Enrique López Albujar, en Perú.

Es explícito en el sentido que debe tener la escritura: “Y lo más importante es que se resuma realidad, resuma sufrimiento, resuma desesperanza, angustia, dolor, tortura, fusilamiento, violaciones, muertes, pero sobre todo esperanza en un futuro cierto, de todos los países de América, sepan o no sepan escribir…”.

Al revisar la situación de los escritores en nuestro país, le da una repasada a todos los premios nacionales de literatura, rescatando algunos nombres que valora, en la novela, especialmente, como a Manuel Rojas, Baldomero Lillo y, sin falsa modestia, él mismo. Yendo más atrás, rescata a Alonso de Ercilla y Zúñiga “que se fijó en el crimen que significaba la Conquista” y que “estaba denunciando el saqueo y este crimen contra los aborígenes de Chile, no ya para su época, sino para el futuro”.

También señala a Vicente Pérez Rosales, “uno de los pocos que supo coger la realidad chilena tal como es y como existe en el campo, en la mina, en la salitrera y en las pampas magallánicas”.

Junto con relatar los padecimientos de los hombres que sufren la persecución reconoce la que sufrirá el verdadero artista: “Si han perseguido al político, si han perseguido a los gremios, si han perseguido a los sindicatos, tienen que perseguir al que puede decir algo por los que no tienen voz para contar sus penas, sus pesares, sus penurias, sus esperanzas y desesperanzas”.

Haciendo un contrapunto con la imagen de la estatua de la justicia (ciega, sorda y muda), platea: “Todo artista por el hecho de tener lengua, por el hecho de tener oídos, por el hecho de tener ojos, no censurados y no en receso, es un peligro para los gobiernos”.

Y concluye: “En consecuencia, todo artista si es hombre de verdad, y si no es un hombre de verdad no es artista, tiene la obligación de reflejar su mundo”.

El prólogo demorado

Roberto Contreras realiza una labor de maestro de ceremonia al presentarnos estos dos “mensajes”. Uno de ellos es un texto escrito en el exilio. El otro, una conversación clandestina grabada en una cinta de audio.

El relato Sobre la ausencia, lo dijimos, está dedicado “a la memoria de Ignacio Ossa, poeta, dramaturgo, profesor de literatura de la Universidad Católica de Santiago, detenido en la misma universidad, por la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), el 20 de octubre de 1975, cuyo cadáver desnudo y martirizado, sin uñas y sin ojos, fue rescatado de la morgue el 22 de diciembre del mismo año”.

Luego del golpe fascista, en agosto de 1974, Carlos Dorguett, autor de las novelas Eloy y Patas de perro, entre otras obras, premio Nacional de Literatura en 1970, se incorpora al Comité Pro Paz, organismo de ayuda humanitaria creado por el arzobispado de Santiago y que brindaba acogida a personas cuyos familiares eran perseguidos, detenidos, torturados o hechos desaparecer por la dictadura militar. En esa institución, Droguett se dedicó a redactar, en base a los testimonios de familiares o testigos, los recursos de amparo que, en la práctica, serían rechazados por la Corte de Apelaciones.

Por entonces, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) asigna para la protección personal del escritor y su familia a Jaime Ignacio Ossa Galdames, Nacho, de 32 años, y que se desempeñaba como académico de la Universidad Católica.

La conversación clandestina entre Ignacio Ossa y Carlos Droguett se produjo (y fue grabada) en julio de 1975. La cinta original traspasó los años de mano en mano y fue entregada a Roberto Contreras, quien se dio a la labor de transcribirla y editarla para esta publicación. “Dos días atrás han acordado hacer la grabación de una de las tantas conversaciones sostenidas durante esos meses. ¿Qué haremos?, dice uno. Grabar lo que salga, dice el otro. Hablaremos sobre política, sobre literatura y la situación actual del país, concluye el primero”.

El prólogo (demorado más treinta años) es un una necesaria puesta al día a las voces del pasado, la de un escritor exiliado que murió lejos de nuestra tierra y la de un artista torturado que murió en tiempos de dictadura. Más que eso, es la presentación de una estética setentera que tenía en la ética, y no en la estilística, el centro de la vocación de los artistas, en particular de los escritores. Una estética que se indigna con la carencia de dignidad y que se resiste a la resignación.

Como plantea Contreras: “Este libro opone con materiales concretos un modelo de deconstrucción de esa ‘historia oficial’, al verificar las circunstancias que la ficción terrorista del régimen militar intentó narrarnos por décadas. Acá son Carlos Droguett e Ignacio Ossa quienes nos cuentan, narran, hablan. Si la conversación tiene alcances reivindicadores todavía, ésta es una muestra de sobrevivencia”.

Un marca páginas atingente

“Hacemos los libros que siempre quisimos leer”. Lanzallamas Libros en: www.lanzallamas.org

 

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