(sin título)

El fallecido vocero del MIR, Jecar Neghme.

francisco miranda

“Mañana ya la sangre no estará

Al caer la lluvia se la llevará

Acero y piel, combinación tan cruel

Pero algo en nuestras mentes quedará”

(Sting, Fragile)

 “Los enemigos que matasteis, están vivos.

Y porque estamos vivos, no hay perdón ni olvido”

(Jecar Nehgme, septiembre, 1989)

Al padre, al hijo, al hombre

Ahora tengo clara certeza de los hechos. La hombría nos constituye no por azar ni por el paso del tiempo. La hombría nos emerge de frente y nos impone su conducta. Ahora tengo nítida conciencia de todos los tiempos, porque vivo en todo momento. Ahora que mi padre me sostiene en sus brazos y me acoge y me acuna a mis pocos meses de vida, sé que en este acto me hereda su hombría. Toda la fortaleza de sus brazos y sus inmensas manos que no le tiemblan para llevarme con toda su ternura. Jamás viví esta fotografía en blanco negro con tal intensidad como ahora. Mi padre, siendo estudiante de la escuela normal de preceptores, ingresó a las juventudes socialistas, contra el presente vergonzante, para realizar sus sueños de justicia social, y aún joven se enamoró y amó a mi madre adolescente, para vivir con ella y formar su familia, conmigo y mis dos hermanas menores. Mi padre quiere construir una familia para vivir la revolución social de los trabajadores de mi país. Sueña en volcar toda su energía, toda su capacidad para educar a los trabajadores, para elevar la conciencia histórica de la clase social llamada a liberar a todos los hombres y mujeres de la esclavitud del capital, para liberar el trabajo de los patrones y compartir el fruto del trabajo con todos los obreros y sus mujeres y sus hijos. Mi padre siente el vivo deseo de aportar sus convicciones a la clase popular, por eso festejó con fabulosa alegría la victoria del 70, con el compañero presidente a la cabeza de la unidad popular. Su compromiso social y político se expresó no sólo en su militancia partidaria, sino que en distintas organizaciones, centros de rehabilitación de alcohólicos, talleres culturales, bibliotecas obreras, grupos folclóricos, balnearios barriales, con co-munidades mapuches y con los trabajadores de la salud. Desde que ganó la unidad popular, mi padre se comprometió con toda su familia en la construcción del proyecto de la revolución con empanada y vino tinto. Esos mil días, nuestra vida fue muy linda y todos nos integramos a los trabajos voluntarios para frenar la fuerza patronal financiada por los agentes del imperio del norte, tal como hoy vuelvo a tenerlo claro, ahora que ellos desclasifican sus informes y a sus informantes. Desde el sur, no vimos la moneda en llamas, ardiendo mientras el compañero presidente no se entregaba a las groserías de la milicada traicionera y rastrera. Los bandos de la banda fascista nominaron a mi padre para ser enjuiciado por traicionar su condición de esclavo, soñar con ser un hombre libre y actuar en consecuencia. Ahora veo claramente como sucede todo en esta batalla de Chile interminable. Mi padre supo, como yo sé ahora, con toda certeza, que lo van a matar, porque cuando ganan las elecciones los que no tienen que ganar, los que no quieren perder los van a matar, así de simple, así de categórico. Es obligado a renunciar a su trabajo y no puede abandonar la sureña ciudad, mientras con mi madre y mis hermanas menores regresamos a la capital del país. Aquí nos enteramos de la nefasta y terrible versión del crimen. Pero con mi claridad de ahora veo cuando es detenido por fuerzas militares y es llevado al regimiento para ser asesinado por cobardes que no pueden reconocer su delito y acusan a mi padre de querer huir. Yo sé, porque estoy aquí y ahora, que eso es mentira, porque mi padre, el que me heredó su hombría, no iba a huir, como no huyó el compañero presidente. Mi padre no se doblegó a las groserías, por eso lo mataron los uniformes del poder. Hijo mío, no tengas duda de esto que te digo, porque el fascismo es más duro todavía, es un animal que tiene la tradición del crimen y cada delito lo hace crecer más y más. Por eso los hombres dignos deben saber que la lucha es contra un monstruo inmenso, pero no invencible: el hombre de trabajo siempre sabrá como vencer al gigante. El trabajo honrado es la escuela donde el hombre digno aprenderá como vencer a quien lo esclaviza. Hijo mío, recuerda siempre esto que te digo, con mucha honestidad, desde niño he creído que estos golpes son para destruirnos, pero uno debe tener la capacidad de seguir viviendo y demostrar así que no hay forma de que nos hagan cambiar de rumbo. Ahora que tengo claridad de lo ocurrido, puedo afirmar con serena convicción que el amor de mi madre es lo que me permite seguir viviendo. El sentir de una casi niña que se entregó a mi joven padre, para darse un amor puro y fecundo. Una ternura que la hizo dejar la casa paterna para ir a vivir con su amado hombre y procrear los hijos e hijas que fueran fruto de esa felicidad. Ella, lo sé, quiere ser más política para luchar codo a codo junto a mi padre, pero reserva sus fuerzas para una tarea tan radical como la lucha social: salvar a sus hijos del terror y sacarnos adelante con fuerza y digna fraternidad. Como traernos a nuestro padre en su ataúd en un viejo camión, con sus hijos pequeños asombrados e incrédulos por tanto terror. Ahora que siento cómo me lleva en su vientre con esa alegría de una muchacha popular enamorada, puedo comprender la alegría con que tu madre te llevó a ti, hijo mío, y debes ser feliz por eso, porque nuestras madres nos llevaron en su interior para darnos a luz, y guiarnos por el camino de la claridad y de la hombría. Ahora que puedo ver como ella viaja al sur o al norte unida a su compañero por lazos de amor, por vínculos de sangre, unión de históricos actos para crear futuro para la mujer y el hombre del pueblo, de nuestro pueblo. Y vivir de pie cada uno de los siguientes años de ver cada día como su pueblo era masacrado en los campos y en las ciudades, por la venganza de los patrones, de los milicos, de los poderosos; para que nunca más los upelientos siquiera piensen que van a ganar algo de justicia o dignidad. Porque sus riquezas son tan importantes que crearán más y más pobreza para ostentar cada vez con más lujos su opulencia y su desamor a la humanidad; para destruir todo vestigio de emancipación humana o social. Ahora que mi madre ya mayor ve desvanecer sus fuerzas y se entrega a sus últimos días, yo, que no he muerto, vengo a darte la quietud y la serenidad en tu dolor mortal. Yo te digo, palabra a palabra, como oraciones que ahora sé decir ante tu inmensa ternura, te digo que tu amor es eterno y que nada puede destruirte, que puedes ir al sueño absoluto para que tu padre te abrace, para que tu esposo te abrace, y te reencuentres con ese amor profundo y humano que te dio humildad y fuerza indestructible, tú, amada madre, tierno tallo inquebrantable, dulce matiz de rocío, no temas a la oscuridad ni al frío, porque oscuro y frío es el presente de los criminales que no dan la cara y se esconden detrás de jueces cobardes que temen a la historia que los condenará. Madre mía, ahora que vivo tu amor, de nuevo, en mi eterna vida, puedo no temer al propio amor y así amo y soy amado por mi compañera de ruta histórica, por mi amada de calles y plazas, por mi mujer de dormitorio y comedor, por la madre de mi hijo. Sé con cristalina claridad que su amor es primordial y básico en la clandestinidad para descubrir la voz roja y negra que me da luz para este camino de resistir, de luchar y de vencer, para sentir que todas las fuerzas de la historia mueven a los pobres del campo y la ciudad, para que el pueblo sea conciencia y fusil, para asumir mi rol de vanguardia social y revolucionaria para enfrentar las condiciones que imponen la miseria y la muerte como puntos cardinales para millones de jóvenes, hombres, mujeres, niños y ancianos de mi pueblo, el mismo pueblo de mi padre, el mismo pueblo de mi madre, el mismo pueblo de mi hijo y mis hermanas y de todos mis compañeros; el mismo pueblo de los jóvenes combatientes que aprenden en el fragor de la resistencia y de la lucha los fundamentos de la victoria; luchadores sociales que sufren cada muerte como derrota, pero que tienen la fortaleza de dar un paso más allá de la barricada para empujar y para forzar a los hombres dignos a retomar la causa del compañero presidente, mártir por las groserías y las traiciones rastreras. Porque ahora que entiendo todo, sin sombras de dudas, puedo ver que el comienzo fue el bombardeo del palacio presidencial, para continuar luego en una larga sucesión de odio contra los ministros y colaboradores del presidente mártir, que son detenidos y muchos de ellos, asesinados o desaparecidos; como la ejecución de miles de personas detenidas que pasan a ser uno más de la larga lista de desaparecidos y sus cuerpos son escondidos; la ejecución de campesinos, dirigentes sindicales y presos políticos, a quienes se les disparó cuando supuestamente trataban de escapar; la ejecución de estudiantes universitarios, por parte de personal militar, carabineros o civiles. a manos de una caravana de muerte; la muerte de militantes, trabajadores y profesionales a consecuencias de las torturas recibidas durante su detención; la muerte de personas por una bomba colocada en su automóvil; la publicación de un listado de cientos de chilenos desaparecidos que, se dijo, habían muerto en supuestas pugnas internas y enfrentamientos armados; asesinato de jóvenes con sus cuerpos torturados y estrangulados; la muerte de hombres y mujeres sospechosos, a consecuencia de las prolongadas torturas a que fueron sometidos; homicidio de líderes sindicales, cuyos cuerpos son encontrados apuñalados y baleados. la muerte de niños en sus casas, por disparos que intentaban dispersar las protestas contra la dictadura, en cualquier barrio de la ciudad; la muerte de jóvenes después de ser atados a torres de alta tensión donde son hechos explosar con dinamita; el secuestro y muerte de profesionales que fueron encontrados degollados; la muerte de dos jóvenes hermanos en un falso enfrentamiento; jóvenes quemados vivos en una calle de la ciudad, por una patrulla militar, son rociados con bencina y hechos arder durante una de las muchas jornadas de protesta contra la dictadura militar; secuestro y muerte a balas de opositores al régimen por un grupo de civiles no identificados, y mi propio asesinato, baleado de muerte con doce disparos de una Sig Sauer, cuando camino por una calle en el centro de la ciudad. Ahora que tengo la claridad suficiente, puedo comprender que la prensa miente cuando afirman que soy el último asesinado de la dictadura. Es absurdo. Una dictadura nunca deja de matar, sino sólo hasta que es destruida totalmente. Y como ahora veo que eso no ocurrió, sino que sigue el mismo sistema de vida creado por el odio de la clase que se apropia del fruto del trabajo de la clase productora. Pero tienen que decirlo así, para hacerle creer a mi pueblo que yo fui la última víctima del terrorismo de estado, y dejar que sigan en impunidad empobreciendo a los obreros, a las mujeres, porque ahora somos más pobres, no respecto del pasado, sino en relación con la riqueza que producimos hoy, en cuanto trabajamos. Por que tengo claro que los jueces no quieren juzgar los delitos, porque son sus propios parientes y vecinos los victimarios, entonces es fácil comprender que aún no tienen la grandeza para investigar siquiera, y tienen la misión de dejar que pasen los años para que mueran de viejo los culpables y se lleven su cobarde secreto a sus cobardes tumbas de pompas y festejos, en reconocimiento a sus obras a favor del lujo y la riqueza. No pueden investigar lo que yo veo ahora tan evidente, ahora que puedo estar presente en la reunión en que deciden mi suerte; quienes serán los encargados de ejecutarme, veo sus rostro, uno a uno, y no tiemblan de miedo, porque su odio y afán de terror es más fuerte, incluso tan poderoso que no logran darse cuenta que sus hijas y esposas cargarán con el estigma de los criminales que son, ahora me entero que desean ocupar una Sig Sauer y descargarme ocho, diez, doce, catorce balas mortales para que quede tendido y muerto bajo una lluvia una noche de septiembre. Pero lo que no saben es que yo no voy a renunciar, yo no voy a morir, porque necesitamos seguir viviendo para no cambiar el rumbo, porque mientras estamos vivos, no hay perdón ni olvido. Eso lo tengo a firme. Y eso es lo que puedo transmitirle a mis compañeros que cayeron en combate, en ciertos o falsos enfrentamientos, que desaparecieron y que reaparecen en cada niño que aprende en su barrio que ellos fueron secuestrados y escondidos sus cuerpos; cuerpos que aparecen en las minas de cal, en el desierto salobre que los hace perdurar para aparecer de nuevo con toda su imagen enrostrando a los victimarios que deberán pasar por tribunales para vergüenza de sus familiares y vecinos, que aprenderán a vivir con ellos, haciéndose los lesos, como si no ha pasado nada, como si todo fue mentira, y dejar escrito que nada de esto ocurrió, o que fueron otros los implicados, y nadie asume su responsabilidad ante la historia cotidiana, entonces se esconde la basura debajo de la alfombra para que se descomponga y salga putrefacta el día en que reciben la visita de vecinos y parientes. Ahora puedo comprender, sin querer evitar la realidad, que los jóvenes milicianos que me silban porque creen que estoy claudicando, cuando en verdad lo que estoy viendo es que debemos prepararnos para un nuevo período, donde deberemos resistir los sobornos, luchar contra el olvido y vencer la impunidad. Entonces puedo entender que los muchachos están siendo violentados por los farsantes, y no hay nada más atroz que violentar la conciencia honesta y simple de jóvenes pobladores que han creído que es mejor morir luchando que derrotados y arrodillados ante la mentira y el oprobio. Yo lo sé y no me escondo ante los hechos, mi padre me lo dejó claro: uno no huye de su propio destino; el hombre debe ser consecuente con sus principios y estar dispuesto a morir y a matar para ejercer el único derecho humano ineludible para todos los pueblos oprimidos, el derecho a la revolución social. Entonces comprendo que los muchachos que recorrían los basurales y las vulcanizaciones recogiendo neumáticos para las barricadas que mes tras mes encendían la rabia contra el asesinato perpetuo, la miseria crónica. Mes tras mes veo como cientos de miles se rebelan ante los mandatos de los poderosos; mes tras mes acompaño los funerales de cientos de pobladores que caen en una incesante agonía por liberar al pueblo del poder burgués que le roba a diario su pan. Como tengo la convicción de que voy estudiar la historia, para ser profesor como mi padre, pero tengo que organizar a los universitarios en una unión nacional de estudiantes democráticos, para aplicar una línea rupturista que ponga al centro de la lucha los verdaderos interese de los pobres del campo y la ciudad, para hacer realidad las consignas revolucionarias que hacen que muchos milicianos hagan su propaganda armada para enfrentar, también en ese terreno, las fuerzas contra insurgentes. Debemos levantar las formas de organización, para ejercer el poder dual, el poder popular que se enfrente a la clase históricamente opresora. Ahora comprendo que es correcto que los estudiantes vayan a las poblaciones al trabajo voluntario contra el frío y el hambre, para generar las fuerzas necesarias y ejercer  paros comunales con el propósito de alterar el itinerario de la opresión. Hoy es evidente que no se puede administrar la casa del patrón; siempre sigue siendo el dueño del fundo el que rige nuestros destinos de inquilinos; es necesario apropiarse de nuestro territorio para orientar nuestro camino contra la miseria, la ignorancia, la represión y la explotación, para empujar nuestras vidas a favor de la humanidad, de la libertad, del amor entre los pueblos. Ahora me parece claro que debemos esforzarnos por no ser mediocres, superar ese lastre que nos deja la estupidez. Desarrollar todas nuestras capacidades orientadas a nuestra permanente superación como personas, como grupos humanos, como pueblos, para dejar la historia del hombre puesta en lo más alto de su dignidad y soberanía, para resolver la causa de todos los conflictos y de todas las crisis humanas, para abolir la farsa del lucro y la riqueza como motor de nuestras esperanzas. Ahora que están llegando en su auto y que vienen a ejecutarme, entiendo que no puedo morir, que sus balas de acero rasgarán mi piel, mi carne, romperán mi cuerpo pero no podrán borrarme. Ahora que me disparas una tras otra las balas puedo decirte cara a cara que yo no voy a morir, porque mientras viva se despertarán nuevas mentes a la lucidez y se sumarán a la tarea de multiplicar las voces, los puños, los pechos que no temen al desafío de construir futuro y patria, hasta vencer todos los obstáculos internos y externos, que no nos dejan cumplir nuestra vocación, nuestro llamado, que trasciende todas las ideas, todos los saberes parciales y nos integra a esta larga marcha de América aborigen, obrera que se abre paso hacia su redención.

Te amo, hijo; te amo, papá.

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