Para leer al Pato Lliro

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francisco miranda

[De portada: “cagaste te mandó salúo”]

(La primera viñeta es la imagen del ghetto: la pobla, la cancha, el cerro y en un rincón lejano la ciudad capital, tosiendo… En las viñetas siguientes (interior, dormitorio de madera), el protagonista en toda su psiquis: sus sueños en zetas (una mina rica en el calendario, un club de fútbol y una foto de la mamá). En seguida, su nombre verbalizado: ¡Pato! ¡Pato!. Reconstruida la realidad en su despertar, el Pato Lliro manifiesta su motivación en la vida: ¿A quén hay que darle?).

La utopía de ser alguien en la vida (“¿Y quén soi vo’h, jote?”) presupone, en el barrio sur, en los barrios del arrabal, en las zonas bravas, allá abajo, en lo más oscuro del ghetto, una triada de convivencias: la familia, la escuela y los vecinos: casa, escuela y calle, que son los ambientes que nos constituyen y delimitan la casta a la que pertenecemos (GSE ABC1, C2, C3, D, E…); por ejemplo, el grupo socio económico “H”, ese que no se pronuncia, sino que se aspira, casi como si no existiera, pero ahí está.

El Pato Lliro, a temprana edad, en plena cimarra ataca calle con el Pelao, su yunta, pa soportar la muerte de su mamá y las borracheras de su taita.

Pa salir adelante y caminar tu ruta de vida, ligero de equipaje, te acompañan la familia, los vecinos y la comunidad escolar (profes y compañeros de curso), que te socializan, te despabilan, te ascurren.

En el momento en que tu familia se hace mierda, ¡una tragedia!, dejas la escuela (privada, pagada y charcha), y el barrio se presenta hostil, ¿en quién te puedes apoyar para llegar a ser “alguien en la vida”?, ¿quién te presta ropa y te apaña?

“Pato Lliro. Er Cuma”, de Christiano, 2012, por Feroces Editores, es una recopilación de las historias dibujadas y publicadas entre el mil novecientos ochenta y nueve y hasta un año antes del dos mil, con guiones y dibujos del dibujista mencionado, con colaboraciones en guión de los hermanos Higuera.

Desde mi verbalidad (oralidad y escritura), conversaré unas reflexiones que surgen de la lectura gráfica de estos textos e imágenes en papel bond.

La primera historia nos presenta al Pato Lliro en el barrio, en su cama, en actitud zeta. Desde afuera de sus sueños emerge su nombre gritado: “¡Pato!”. La primera reacción al despertar es: “¿A quén hay que darle?”.

El Pelao lo saca de su casa y en el camino de salida se cruza con su Taita llegando borracho. Este es el punto de partida. De ahí sale a intentar “ser alguien en la vida”. La estrategia asumida: asaltantes domésticos. La primera víctima posible una mina pulenta. El Pato Lliro la descarta. (¿Hay ahí al parecer un límite?: la mina, lo femenino?) Segunda opción un gil con pinta de intelectual progre (¿un militante, un funcionario, un ONG?… No sabemos), quien frente a la amenaza de puñales, despliega un discurso que desmoviliza al punga marginal, algo parecido a un plebiscito en la medida de lo posible. El Pato Lliro y el Pelao no deberían ser tan giles, pero una viñeta después concluyen: “nos cagaron”. Acto seguido, el Pato Lliro le pega un paipazo al Pelao, solo para sentirse “mejol”.

Luego viene la saga: “Crónicas del barrio sur”, del noventa y tres; “Saltando paredes, pateando piedras”, del noventa y cinco, y remata con “Recuerdos de cabro chico”, del noventa y nueve. La retrospectiva es evidente. Somos espectadores de la construcción del arquetipo punga noventero, antecesor del flaite dosmileño, el pato maloso chileno, del grupo socio económico H (mudo, aspirado).

Vistas así las cosas, hacer la reflexión al vesre, cae de cajón. La última historia, “Recuerdos de cabro chico” nos presenta el origen desde donde surge el Pato Lliro. Durante la infancia del Patito, en los tiempos posteriores a la pérdida de su madre y al comienzo de la carrera alcohólica del taita, es el momento en que los volaos de la plaza-esquina-calle lo bautizan como Pato Lliro; es la época en que ya la escuela no se abre como camino posible; en este trance, el Pato Lliro se enfrenta a la televisión y los programas infantiles (“El show del tío Cotelo”). El Patito sueña con que el programa visite su barrio; él no se ve yendo a la TV, sino que solo se conforma con que la tele venga a su pobla.

Mediante una hazaña heroica, el Patito Lliro, su amigo El Pelao y el Cristóbal Sanhueza (sí, el verídico antipoeta) logran que el tío Cotelo reciba devuelta todos los golpes (los cornetines) que le propina, impune, al Pulpo Gallo, alter ego del Gran Payaso (fracasado) Luchov. Esta primera pelea contra la tele, la gana el Pato Lliro. Y eso sería todo.

De ahí en más, saltando paredes, pateando piedras para terminar donde mismo, en el barrio sur, en el ghetto. En ese trayecto el pato Lliro pelea con todos en el barrio. De hecho no termina de salir. El lugar de origen deviene en lugar de permanencia, casi se podría decir, lugar de reclusión.

El Pato Lliro (y el Pelao) da dura pelea a todos: al trabajo en la constru, donde no hay vacantes, no insista. El Pato Lliro borracho; El Pato Lliro (y el Pelao) asaltando una casa cuica desocupada y… oh, sorpresa: una fiesta con los canapés de la ira. El Pato Lliro y el desamor con una profesora y quedar ni ahí con el corazón. El Pato Lliro (y el Pelao) quedando fuera del estado pal clásico del fútbol. El Pato Lliro (y el Pelao) agarrándose con los trashers (“qué güea les pasa trachel y la cocheropare”). El Pato Lliro (y el Pelao) en el cine viendo películas de karatecas y enfrentando en la calle el duro y aporreado encuentro con un inmigrante coreano. El Pato Lliro (“no hay yerba”) y el Pelao (“ni neoprén”). El Pato LLiro (y el Pelao) robando instrumentos musicales: bombo, guitarra y charango, a los cantores del barrio…

Ese es el pato Lliro, un borracho que en el bar de la esquina es la burla de los parroquianos y comensales que han escuchado una y mil veces el origen de la chapa. El Pelao se encarga, a combos, que los giles escuchen a su amigo, la historia repetida como hazaña…

Así finalmente, el Pato Lliro es alguien en la vida, a su imagen y semejanza, con poca familia, nula escuela y caleta de calle…

Post: Del dibujismo, del lenguaje, del yunta, del quiltro, infinitas emociones e ideas por conversar.

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