Dígalo de memoria: Chile no se acuerda

Viernes 13 de NOV 2010. 20:00 horas.

Conversación: de José Leandro Urbina, Francisco Miranda y José Ángel Cuevas.   

Sala: Pedro De la Barra

La Calabaza del Diablo

Escrito por Francisco Mirandatrains.jpg

No estamos solos, mientras recordamos”. (Carlos Droguett)

 “Si trascendiéramos el particular acontecimiento de la escritura, que en apariencia sugiere soledad y retiro, apreciaríamos que, en realidad, estamos rodeados de personas. De ausentes y presentes que, de una u otra forma, se las arreglan para estar aquí, en este tiempo, en esta multitudinaria soledad que llamamos escritura” (Juan Pablo Arancibia, en Extraviar a Foucault).

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Ahora que comienzo a escribir esto que leeré después, otro día, en que las palabras pertenecerán al pasado, a un antes que ya fue, es el resumen concreto de lo que pretendo reflexionar y llevar al papel, ahora, para después decirlo a probables personas que escucharán. Escribí ayer algo que era para mañana y que termino leyendo hoy.

La dimensión del tiempo siempre nos expone a la misma eterna jugarreta de un antes, un después y un ahora. El primero vinculado al recuerdo, el segundo a la imaginación y el tercero a la vivencia actual.

Cada uno de nosotros, cada uno de los singulares, duales o plurales que existimos, somos portadores, aquí y ahora, de infinitos tiempos pasados, presentes y futuros. Somos épocas en el mundo.

A manera de broma, decimos los hombres que “un caballero no tiene memoria” para significar que “si te he visto, no me acuerdo”. Del mismo modo, se nos dice que el tiempo es oro, y a partir de ahí nos descuentan los retrasos y, a veces, nos pagan las horas extra (de trabajo). Llegamos atrasados a algún compromiso no tan atractivo, pero, cuando la mujer nos atrae, en el período de la seducción, casi siempre llegamos antes, para aplacar la ansiedad. Ella, claro, se demora un poco, para hacernos esperar.

Para la sociedad de consumo, el tiempo también es un bien que debe ser consumido a destajo. La mejor herramienta para lograrlo es que no tengamos memoria: así se impone la moda, siempre cambiante, y se burlan de nosotros los que compramos ropa usada. La farándula no tiene memoria, pues de qué otro modo nos haría consumir las mismas idioteces de siempre, pero presentadas como si nunca antes hubiesen ocurrido.

La práctica de la escritura permite plasmar en el escrito, todos los tiempos, el tiempo. Desde el eterno amor efímero al efímero amor eterno.

En nuestro acontecer, recordamos para resistir el paso del tiempo, el implacable. Pero sobre todo, recordamos para no olvidar. Es al olvido al que pretendemos vencer con la escritura; es ayudar a la memoria.

Ante cualquier balance que queramos hacer de nuestra vida, de nuestras vidas, tendremos la dificultad del espesor de los recuerdos. No todo se logra recordar tal cual fue, ni todo lo que viene a la memoria llega con la misma claridad o nitidez que sería deseable.

Recordar, todos deben saberlo ya, es volver a pasar por nuestro corazón aquellas experiencias vividas. Entonces, querer hacer la memoria de nuestras existencias es un serio e irreversible intento por volver a sentir los hechos, los actos de nuestra vida.

De algún modo, más allá de nuestra decisión o voluntad, se trata de rescatar lo vivido y mirarlo con el respeto que se merece, con el cariño que nos provoca, con el cuidado que deseamos darle a lo más preciado.

La historia, la disciplina, se pretende rigurosa y científica. La literatura, imaginativa y volada. La una cree llegar a la esencia de lo real; la otra, a la pureza de la ficción. Sin embargo, ambas no son más que el intento del ser humano por registrar nuestra existencia y nuestras vidas. Ambas son verdad y ficción de modo fraterno. Su valor, no obstante, radica en el hecho de que nos leemos, nos reflejamos, nos vemos y en tanto nos reconocemos, somos.

En cualquiera de nuestras antigüedades, el consejo de ancianos constituía una reserva ética, de sabiduría y conocimiento. La tradición era valorada porque nos daba sentido hacia el futuro. Recordando lo que fuimos, proyectamos lo que seremos. Tanto respeto tenían por los ancianos que, una vez desaparecidos de esta vida, ocupaban el sitial de ancestros, cuyo recuerdo nos enorgullecía, en el sentido de darnos dignidad. Pero hoy no. Los ancianos, los viejos, la tercera edad, es el tiempo del abandono. Inútiles para la producción y el mercado, son desechados a su suerte.

La memoria personal, familiar, de barrio o de otros plurales, son la textura de nuestras vidas, son el abrigo, el ropaje que nos cubre de las inclemencias del presente.  Cuando no queda registro de esa memoria, quedamos desnudos a la intemperie, al frío paso del tiempo, sin sentido, sin arraigo: expuestos a los avatares de repetir, una y mil veces, las mismas torpezas.

¿Desde dónde recordamos?

En la construcción social de nuestra realidad, adherimos a lo que en nuestra reflexión consideramos como lo bueno, lo justo, lo verdadero y lo bello. A esos principios y valores tratamos de ajustar nuestros argumentos y desde allí intentamos fundamentar nuestras prácticas.

Sin embargo, lo bueno, lo justo, lo verdadero y lo bello –hemos aprendido– no son valores humanos universales, absolutos, invariables y abstractos. Por el contrario, son concretos y relativos.

Lo que ayer era bueno, hoy lo podemos juzgar como atroz. Lo que hoy es en la medida de lo posible, mañana, de seguro, entenderemos que fue mediocre. Pues lo justo en la medida de lo posible, se parece más a la caridad que sobra en abundancia cuando lo que falta en realidad es justicia social.

En nuestra compleja y habitual complicación, nuestro imaginario se llena de realidad social construida por discursos y prácticas, y por pesadillas que tienen que ver con los miedos y la represión, con la muerte y los sueños perdidos.

En esta maraña, las historias pueden ser contadas desde la perspectiva del mandón, desde el punto de vista de la víctima o desde la mirada del insurrecto.

Se puede recordar desde el discurso de la fanfarria, por ejemplo. Y hacer apología de la dictadura, de que los excesos no fueron tantos ni tan graves, pues al final el país se modernizó y ahora ya no hay más proletarios y somos todos propietarios, por lo tanto no vale la pena tener pena por nadie y sigamos comprando, pues el derecho a propiedad y a la seguridad ciudadana (represiva) están consagradas en la constitución fascista. También se puede recordar desde cliché de que todo el tiempo pasado fue mejor y que debemos regresar a ese tiempo ingenuo y maravilloso del pasado feliz. Pero incluso se puede recordar desde la resistencia, desde los que nos levantamos contra la dictadura y que si bien no fuimos capaces de derrotarla y fundar otro país, en ese trámite, nos hicimos. Se puede recordar para dar legitimidad a la sospecha del discurso oficial; se puede recordar desde la desconfianza frente al caritativo que te da una limosna para salvarse por su pecados pasados.

Por ejemplo, por qué razón, después de un cuarto de siglo, casi veinticinco años, se conmemora el día del joven combatiente, en recuerdo del asesinato de los hermanos Eduardo y Rafael Vergara Toledo. Porque el recuerdo es una forma de resistencia contra el olvido del ayer, pero también frente a los fraudes del presente.

En septiembre del año 89 murió asesinado, a los 29 años, Jecar Nehgme. Se nos dijo, en esa época, que él sería el último muerto de la dictadura. Tras veinte años de un tránsito absurdo en el laberinto de la democracia fascista, más de sesenta persona, en su mayoría jóvenes, han muerto producto de la violencia política o la represión policial. A la luz de la buena memoria, podemos decir que la de Jecar, en realidad, no fue la última de la dictadura, sino que parece que fue la primera muerte de la democracia.

¿Por qué escribimos?

La narración de una historia por el placer de narrarla continúa siendo la base de toda ficción”.

Cuando los periodistas muestran los hechos desde la perspectiva de los poderosos, cosa habitual hoy por hoy, y se transforman en simples locutores del discurso impuesto, tenemos derecho a dudar de la veracidad de ese relato, pues se construye a partir de los prejuicios instalados en el imaginario social por los expertos tecnócratas financiados por los propios beneficiados de la propiedad privada para las mayorías y que se transforma en opulencia acumulada en tiempos de crecimiento económico o de crisis.

Cuando la sociedad opulenta del tener y del poder establece que la belleza es una mujer cara con siliconas, tenemos derecho a dudar y rescatar la estética no como un estereotipo de retórica y de estilística, sino como una práctica, un oficio fundado en la ética y por lo tanto un acto de carácter político, aunque para el mercado que no tiene memoria no sea un buen negocio.

¿Qué espera el lector con memoria?

Pienso que espera leer una escritura sincera, sin hipocresía, sin concesiones al poder. Para eso ya tiene bastante con la vida cotidiana, donde los jefes, la élite política, los periodistas, los jueces, los curas y los milicos, los poderosos, siempre tienen la razón. Un lector activo con memoria espera leer algo que le permita poner en juego su capacidad de sospecha, de poner en duda la voz y la opinión de los mandones. Un lector con memoria espera leer algo que le permita poner en acción el espíritu de aventura que hay en él y ponerse al servicio del riesgo que significa vivir.

Oprimido en casi todas las facetas de su vida, espera leer algo que despierte, agite y aliente al héroe que quiere ser, al protagonista que debería ser. No espera más sedantes.

El lector con memoria, activo, espera leer una literatura que despierte aún más en ellos al ser humano que les habita, un ser humano que cree en la justicia, que opta por la conducta buena, que espera ver ante sí la belleza de la humanidad digna.

Una literatura para reflexionar, para debatir, para discutir la realidad. Cansado de leer documentos que solo reafirman los prejuicios de que estamos en el mejor de los mundos posibles, difundidos por la publicidad mediática, el periodismo sumiso y la propaganda engañosa, el lector activo con memoria se hace solidario con la suerte de aquellos osados personajes que se resisten a doblar su rodilla ante el mandón, a bajar el moño frente al vozarrón del poderoso, a seguir con la cabeza gacha los designios que no le dan esperanza de vivir con digna libertad.

El lector activo espera encontrar algo distinto a lo que se construye socialmente como la realidad. Espera encontrar aquella realidad que, precisamente, no aparece por ningún lado, pero que él intuye, sospecha o sabe que existe y que es negada u ocultada por intereses ajenos a los suyos. El lector activo espera que el escritor juegue sus cartas provocativas, tal como él está dispuesto a jugar las suyas, a pesar de que la mano venga en contra.

Finalmente, un lector con memoria espera conocer la versión que los sospechosos de siempre tienen  sobre la historia que se les imputa, y sonríe, cómplice, cuando el bandido se transforma en héroe. Al menos que en la ficción no siempre ganen los mismos delincuentes de cuello y corbata de siempre.

Otro dato para recordar. Hoy por hoy, cuando la literatura se acerca demasiado a la realidad social, especialmente la de los pobres, la crítica oficial habla de testimonio, intentando quitarle todo el valor literario que esa propuesta puede tener. 

 

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